Stonehenge

por Osvaldo Loisi

23-7-2017

Cuando era chico, uno de los aromas que más apreciaba era el que exhalaban  las páginas de un libro nuevo, o una revista recién salida de imprenta. Y una de las cosas que más excitaban mi imaginación era el contemplar una hoja en blanco. O un cuaderno aún no comenzado. Llenos de esa blancura virginal que nos invita a volcar lo que pensamos o sentimos con total libertad. Frente a Stonehenge, el colosal monumento lítico situado en la llanura de Salisbury, en el sur de Inglaterra, sentí una sensación semejante.

Durante mi viaje en ómnibus desde Londres, amodorrado sobre el respaldo del asiento, la expectativa de aproximarme a ese monumento del que nada se sabe, abría ante mí infinidad de interrogantes, como si se tratara de una hoja en blanco. Súbitamente me sentí descender hasta el pasado, transportado hasta el centro de una escena magnética e impresionante. En medio de un corro de sacerdotes ataviados con grandes pectorales de bronce, una pareja de jóvenes consagraban lo que parecía ser su boda, en medio de una música estridente  (aunque, a decir verdad, no muy diferente de la música que nos ensordece en los casamientos actuales...) También presencié, luego de desvanecida la escena anterior, un conciliábulo de gigantes sentados en aquellas descomunales sillas de piedra, según lo había visto en historietas lejanas. Al centro, echado de bruces, un joven guerrero gemía. Y más allá, testimoniando la presencia de la noche, antorchas por doquier.

Hasta que, tan súbito como había descendido, despierto. La ventanilla me estaba mostrando un cuadro a lápiz, un dibujo gris y lejano, de extraña geometría. Habíamos llegado. Y me encontré de pronto frente a esos reales bloques de piedra lisa, hundidos en el pasado más remoto, inmemoriales. Carentes de historia, pero hondamente sugestivos. ¿Quiénes fueron sus constructores? ¿Para qué fueron erigidos? ¿Qué remota civilización los concibió? No cabe duda que han intrigado a nuestra humanidad desde la época en que Britannia era provincia romana.

Modernamente se tejieron en su torno muchísimas conjeturas. Desde la más audaz, que atribuía su autoría a seres venidos de otros planetas, hasta la más austera, que hace del mismo un observatorio astronómico, pasando por aquella que lo supone obra de los cíclopes, aquellos fabulosos gigantes de los que hablaba Ulises en "La Odisea", que poseían un solo ojo en medio de la frente y aterrorizaban a los griegos. En general, se lo suele relacionar con ritos religiosos, mágicos o procedimientos judiciales, pero lo cierto es que nada se sabe a ciencia cierta. Todo se ignora acerca de su origen, del propósito de sus constructores y de su significación. Cuentan los lugareños que desde hacía algún tiempo, grupos de "hippies" se reunían en determinadas noches del año para celebrar, encaramados en él, extrañas ceremonias contra-culturales, lo que provocó que las autoridades hayan restringido bastante los movimientos del público junto al monumento.

Digamos que se trata de un conjunto de rocas desplegadas en círculos concéntricos. Pequeñas las del orden exterior; enormes, sobrehumanas, las del interior. Estas últimas están dispuestas, en realidad, en forma de dólmenes, que son grupos de tres piedras semejantes a bancos elementales. Es decir, dos de ellas erigidas paralelamente, perpendiculares al piso, coronadas por una tercera que las cubre a manera de techo.

Impresiona ante todo su descomunal tamaño y sobre todo, su peso. Algunas alcanzan las cinco toneladas. Esas características las hacen, en principio, imposibles de manipular sin el auxilio de moderna maquinaria, lo que parece situarlas más allá de la dimensión humana. En segundo lugar, llama enormemente la atención el paraje en que están dispuestas esas enormes rocas. Se trata de una llanura sin montañas ni canteras en sus alrededores. Las más cercanas distan no menos de cuatrocientos kilómetros, de modo que se ignora cómo han podido ser transportadas hasta el lugar de su emplazamiento.

Acostumbro recoger un guijarro del suelo de los lugares que visito por primera vez. Debo confesar que luego de recorrer durante un buen rato los alrededores, rebuscando entre la hierba, sólo puedo hallar uno, de dimensiones minúsculas, para agregar a mi colección.

Mientras busco mi piedra talismán, recuerdo la única explicación "racional" y aceptada generalmente que se ha elaborado en relación a Stonehenge. Sobre la base de que la salida del sol durante los solsticios de invierno y de verano iluminan una determinada piedra central, se ha "deducido" que se trata, en realidad de un observatorio astronómico. La conclusión, me causa cierto escozor. Pienso que es un típico ejemplo de la actual general tendencia al "explicalismo" en las ciencias.

El explicalismo coloca en primer plano la necesidad de encontrar una explicación racional que nos satisfaga frente a lo desconocido, es decir, la necesidad de satisfacer nuestra propia inquietud frente a lo que parece situarse fuera de nuestros cánones lógicos, anteponiéndolo a todo lo demás. A la dura faena y el extremo riesgo de tomar contacto directo con el misterio. El explicalismo reemplaza, en cierta medida, nuestros sentidos, minimizando nuestra capacidad de conocer a través de la percepción directa e intuitiva. Y procede a filtrar nuestra percepción a través de los entresijos geométricos de la lógica.

Esto me recuerda aquel cuento del gallito que, lográndose escapar un día de su corral, luego de atravesar umbrales, patios y escaleras, logra penetrar en un recinto donde unos señores estaban sentados alrededor de una mesa. Era una reunión de directorio de una firma comercial. Asombrado el gallito, todo lo observaba con la mayor atención. Hasta que luego de un rato y algo desilusionado, decidió volver a su hogar. Una vez allí, explicó muy orondo a sus compañeros los pormenores de su aventura y las conclusiones a que había arribado luego de lo que había visto. -"Apenas un grupo de hombres, comiendo papeles", sentenció.

Como el gallito del cuento, fácilmente caemos, en medio de todo análisis, en la tentación de explicar modos de conducta diferentes a los nuestros sobre la base de nuestros propios patrones de comportamiento. Algo semejante ocurre cuando ciertos científicos buscan afanosamente señales de radio provenientes del espacio exterior. Creen que si existen efectivamente seres no terráqueos, éstos, en algún estadio de su evolución deben haberse interesado necesariamente por las mismas cosas que nosotros e inventado idénticos artefactos a los nuestros. 

Edward de Bono, el padre del pensamiento lateral, fue quien señaló que cuando un sujeto realiza, mediante inducción hipnótica, cualquier acto ilógico o irracional, una vez despertado del trance y preguntado acerca de lo que ha hecho, inmediatamente procede a ensayar una "explicación" que justifica su proceder, ingeniándoselas para acomodar aquellos actos al sentido común.

Pienso que tal vez la real significación de Stonehenge consista en enseñarnos a convivir con el misterio. No en el sentido de conformarnos con la duda e inhibirnos de investigar, sino para observar con cierto escepticismo las conclusiones del pensamiento deductivo. Para evitar caer fácilmente en las trampas que esta forma de pensar, heredada de los griegos; verbal, lineal, causalista, suele tendernos cuando pretendemos construir un razonamiento impecable. En fin, para evitar confundir la palabra, el concepto, el juicio con que nombramos a la realidad, con la propia realidad, que palpita y vibra detrás de ellos.

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