Los secretos del I-Ching (III)

por Osvaldo Loisi

23-7-2017

Hace un tiempo, un comerciante decidió consultar al I-Ching en busca de orientación. Tenía un hogar bien constituído, una esposa y dos hijas a quienes amaba entrañablemente. Una posición económica sólida y sin embargo, no encontraba en su vida la paz y la tranquilidad espiritual a que se suponía tenía derecho. Sin faltarle aparentemente nada, antes bien, viviendo una vida bastante desahogada, tenía la sensación que sus problemas lo acosaban, cuando, objetivamente considerados, no eran para nada dramáticos. Y no muy diferentes de los problemas cotidianos de cualquier comerciante en su situación. Fueron vanos los diversos fármacos con que acostumbraba automedicarse. También una larga y costosa terapia a que se sometió. Quiso saber si el antiguo oráculo podía proporcionarle alguna ayuda y vino a uno de mis seminarios-talleres. Cuando se presentó la oportunidad debida, lo invité a que arrojara las monedas, procedimiento a través del cual apareció el hexagrama 52, cuyo nombre en chino es "Ken" y su imagen, la de "La Montaña".

Es de señalar, que al revés de lo que ocurre en nuestra cultura, donde siempre partimos de ideas para explicar las cosas, en la antigua China se partía de las imágenes para sacar de allí las ideas. Se supone que cada imagen sensible está preñada de ideas. Decodificarlas, extraer de ellas su lenguaje y enseñanzas, es un arte que se aprende a través de la práctica oracular. En este caso, I-Ching, por detrás de la figura de la mole de piedra, nos introduce en la idea de El Aquietamiento. Un aquietarse que es más profundo que la simple idea de detenerse. Aquietarse en el sentido de I-Ching es hacerse dueño de toda acción y de toda inquietud. Porque todo movimiento tiene su origen en El Aquietamiento. Si observamos el itinerario de un péndulo, por ejemplo, veremos que sólo cuando éste se detiene, en uno de los extremos de su trayectoria, comienza el movimiento contrario. Y así pasa en verdad con todo lo que se mueve, con toda energía y toda actividad en este universo. Nacen de la quietud. En esta especial actitud interior se fundan todas las escuelas de yoga Chino. 

A este hombre le estaba pasando -lo descubrió él mismo- algo semejante a un aparato eléctrico. El artefacto, una vez usado, debe detenerse, debe ser desconectado. Es en su capacidad para posicionarse en "cero" u "off" donde reside su eficacia. Todo elemento eléctrico que no puede desconectarse por completo, pronto entra en cortocircuito. Y esto era lo que nuestro hombre comenzaba a sentir en su organismo. Que no podía parar. Que no podía detenerse. Que por ello se estaba deteriorando. Y ¿por qué no era capaz de hacerlo? Pues por lo mismo que nos suele pasar a todos. Porque no sabía distinguir, en la constelación de cosas que le pasaban diariamente por la cabeza o el corazón, cuáles eran ideas y cuáles eran realidades concretas. Así de sencillo. En un lenguaje que hasta podría parecer pedestre por su simplicidad, I-Ching nos induce a bajar del andamiaje de ideas en que generalmente estamos encaramados y bajar a la tierra. Es decir: bajar a nuestro espacio y nuestro tiempo singulares. En definitiva, vivir dentro de nuestras circunstancias, como diría Ortega y Gasset. Vivir las realidades, pero no vivir las ideas. Mientras vivimos, las ideas no tienen nada que hacer a nuestro lado. Son simples herramientas. Hay que guardarlas. No podemos al mismo tiempo vivir y pensar.

Generalmente ocurre que, junto con el bocado que estamos ingiriendo o en otros momentos vitales, se nos cruza la idea de lo que hicimos, de lo que no hicimos, de lo que haremos, de lo que no haremos, de lo que debiéramos o no debiéramos haber hecho, etc. etc. Convendría, por un momento, recordar lo que dice el rey Salomón en El Eclesiastés: "No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba y que su alma se alegre en su trabajo". Tenemos que conquistar, en nuestras vidas diarias, ese especial estado de conciencia semejante a la quietud de La Montaña, que va más allá de todo movimiento, detenimiento e inquietud. "Ser", en definitiva, semejantes a  ella: testigo inmóvil de todos los conflictos. Aprender de ella a cohesionarnos interiormente. Y a permanecer, a permanecer hasta el fin.

 
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